Cómo se hizo

Como se hizo la trilogía Evanxélica memoria (Evangélica memoria)

El origen

Es natural que en la mente del lector surja la pregunta de cómo se empezó a generar una narración, qué fue lo que dio pie a que el autor la desarrollase. A veces, se da el caso de que una larga novela se desarrolle desde una anécdota mínima. Pero eso no fue lo que ocurrió con Evanxélica memoria.biblia-de-don-juan-cartea-1.JPG

Los que nos criamos por Ferrol y sus alrededores siempre estuvimos próximos a los evangélicos -dice Xavier Alcalá-. De pequeños nos decían que no jugásemos con ellos porque eran “raros”. Y, de hecho, lo eran porque andaban recelosos, siempre pensando que los fueran a agredir.

La memoria personal de Alcalá niño y adolescente se extiende entre las rías de Ferrol y Ares por los años 50 y 60. Entonces las agresiones a los protestantes no eran físicas; el recuerdo de palizas y muertes se perdía en las décadas anteriores, pero no faltarían las procesiones contra los “herejes”, con estandartes e himno en que los desobedientes a Roma eran presentados como enemigos de la Patria:

“Fuera, fuera, protestantes;
fuera de nuestra nación,
que queremos ser amantes
del Sagrado Corazón…”

No faltan referencias a los evangélicos en las obras de Xavier. Su visión es la de unos disidentes del sistema nacional-católico que sufren penalización “sólo por andar a contrapelo”.

Siempre tuve un sentimiento de solidaridad con ellos -confiesa- porque me parecía indecente que los atropellasen por no creer en el purgatorio que tantas misas les valía a los curas; o por atreverse a pensar que Cristo tuvo hermanos. Hablé mucho con los amigos evangélicos sobre estas cosas pero no me decidía a hacer una narración hasta que empecé a saber de la épica que se oculta tras los silencios de los “creyentes”.joy-ginnings-e-manuel-molares.JPG

A fines de los 90 Alcalá recibía aviso amable de don Manuel Molares Porto, anciano de la iglesia de Ares, que hacía eco a otros evangélicos dispuestos a levantar sus voces desde las catacumbas en que llevaban sesenta años. El mensaje fue sencillo: habían vivido una historia que, cuando la contaban en tiempos de libertad, no podían creer. Buscaban “escritor acreditado” para gritar desde la soterra.

La vieja amistad de la familia Molares conmigo hizo fácil la aproximación. Y después de liberarme de las obligaciones literarias de ese momento (la edición y las presentaciones de la novela Alén da desventura), ya metidos en el verano del 99, empezamos las conversaciones sobre la historia del “pueblo adquirido”.

Fue en agosto. La primera toma de contacto sucedió en la cuesta que va de Pontedeume a Campolongo. Hacía calor y olía a uvas. Las voces no se elevaban. El miedo es losa difícil de levantar. Así comenzaban unos apuntes a mano que acabarían sumando más de trescientos folios. Se iniciaba un ejercicio de escucha y preguntas incitadas por el relato con sordina que llevaría al autor de norte a sur de Galicia, a la costa y a la montaña; y más allá de Pedrafita; y hasta la Argentina e Inglaterra…

Hablé con evangélicos y con quienes se habían atrevido a ser amigos de ellos en los años del horror. Fui penetrando en un mundo oscuro de disidentes a los que el régimen castigaba por igual, en una confusión loca, que marcaba con ficha de “comunista, masón y protestante” a quien no podía sostener las tres condiciones al tiempo… Me especialicé -dice Xavier con un tono de orgullo-. Llegué a discurrir cuestionarios para mis informadores, que me devolvían respondidos; y que daban lugar a más preguntas.dona-maruxa.JPG

Mujeres recias como robles y hombres duros como troncos de boj quisieron hablar; y hablaron. Voces mansas pero firmes irían informando de robos, asesinatos, torturas, abusos, desprecios, ofensas, insultos, avasallamientos, mentiras, prevaricaciones, desvíos teológicos, interpretaciones del Evangelio al servicio del nacional-catolicismo…

Tuve la tentación de grabar aquellas voces -reconoce el narrador ya convertido en investigador-, pero me retuve. Era tanto lo que me contaban que me reduje a las notas a mano, para que en ellas aflorase solamente lo que más impacto producía en mi conciencia. Y sólo pasados los años, en 2006, Anxo Fernández entraría a grabar en vídeo entrevistas con los personajes de la historia para conservar los testimonios vivos, sobre todo los de los que se habían marchado al exilio religioso.

La forma

Según avanzaba la investigación, con el paso de los años, surgía un problema moral para el escritor y los que le contaban historias difíciles de creer: en la bibliografía específica sobre la represión religiosa en España aparecían personas conocidas, aún vivas y activas, que habían tenido un feo comportamiento; lo mismo ocurría en las actas notariales aportadas como documentación de apoyo a los relatos orales; y en éstos sonaban nombres de criminales muy tratados por los relatores, sujetos con familias que nada habían tenido que ver con las atrocidades cometidas.

De ahí surgió la duda sobre el formato que se le podía dar a la relación de aventuras y desventuras del pueblo evangélico de Galicia, que tal dimensión iba adquiriendo lo escuchado, porque era gente de todo el país, y de la emigración, la que hablaba… Cuando nos pusimos a hablar de formas, los ancianos evangélicos me insistieron en que querían “justicia y perdón”. Importaban los hechos, no las figuras de los malvados. Era necesario disimular para evitar la vergüenza de actores y descendientes de ellos.

juan-souto-1.JPGEsa condición impedía pues la redacción de un informe frío, periodístico, que invadiera el territorio profesional de historiadores directos e inmediatos como, por ejemplo, el profesor Bernardo Máiz, tan próximo a los declarantes y tan buen conocedor del mundo oculto que ellos estaban revelando al rememorar circunstancias y sentimientos. Entonces el apasionamiento de don Manuel Molares sugirió la idea de hacer una autobiografía falsa pero verosímil, aproximada milimétricamente a la realidad histórica.

Novelar permite inventar, modificar, tejer y destejer. De la capacidad técnica del narrador depende la sensación de realidad que reciba el lector -cree Xavier Alcalá-. El reto era transmitir realidad aunque no todo fuese real, jugando con distintos tipos de personajes: las personas que existieron, retratadas con nombres y apellidos ciertos, y las que, imaginadas, cumpliesen función de verdaderas.

Por acuerdo con los protestantes necesitados de hablar, los personajes buenos aparecerían en el relato como habían sido en la vida. Los totalmente malos, irreconocibles (o no, si sus fechorías formaban parte de la Historia); los que vivieron entre sombras y luces en materia de bondades habían de ser reconocibles por los datos.

Los lugares donde transcurriera la acción que marcaría más al autor de la autobiografía nunca iban a ser nombrados, pues esos lugares y sus vecinos quedan señalados por los crímenes que en ellos hubo. La primera etapa de la vida del protagonista ocurriría en un pueblo del extremo sur de Galicia. La segunda, tras la guerra y el destierro profesional, en otro de la esquina noroccidental del país.

Quien quisiera saber de ellas, que dedujese. No le iba a faltar pintura a lo vivo para hacerlo.

La estructura

Informadores y “escribano” llegaron a la convención de una historia novelada y aproximada a la Historia comprobable. Pero quedaba otro problema por resolver: el del tamaño.

De las notas tomadas a lo largo de 1999 ya se veía que sólo el primer trecho de la vida del personaje principal, de 1916 (cuando nació) a 1939 (cuando volvió de la guerra a la que fue para que no lo fusilasen), ya daba para un volumen de más de trescientas páginas. Contar entonces lo sucedido en una vida llena de aventuras -de lucha continua por la supervivencia- hasta sesenta años después hacía imaginar “una pequeña biblioteca”.

Damián Villalaín, en aquella altura director de la editorial Galaxia, acogió con ganas un proyecto de relato largo. Aplaudió un título general, Evanxélica memoria (Evangélica memoria), y recomendó hacer varios volúmenes sin forzar la prosa ni para más ni para menos. Lo que diese sería bienvenido. Incluso hizo una mención comparativa con En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Estuvimos de acuerdo e hicimos un pacto final con los ancianos -recuerda Alcalá-: el de terminar la historia “de momento” el día de la muerte del caudillo que soñara con ser “Jaime de Andrade”. El 20 de noviembre de 1975 era un punto y aparte para todo en España. Veinticinco años de perspectiva histórica en el año 2000 concedían tranquilidad a nuestros espíritus.

Poco después estaba montado el esquema general de una trilogía, de la que se conocía el final: el momento, la escena, la frase y la palabra última. Tenía que acabar en el responso del párroco franquista del pueblo, asegurando que allí quedaban las cosas aún más atadas que como las dejaba en España el glorificado difunto.eduardo-cartea-millos-2.JPG

La primera novela se iba a titular Entre fronteiras (Entre fronteras) y contaría la vida de un converso al Evangelio, entre la frontera del Miño, donde había nacido papista y se había convertido en evangélico, y la del Pirineo catalán, a donde lo había arrastrado el vendaval de la guerra.

La segunda sería Nas catacumbas (En las catacumbas), repaso al tiempo lento, aplastante, de posguerra con guerra mundial y guerrilla viva, en el que los evangélicos padecieron a la par castigo de nacional-católicos y de comunistas guerrilleros.

La tercera necesitaba ser Unha falsa luz (Una falsa luz), reflejo de la luz falsa en que se guiaron los disidentes, “herejes” y “malos españoles” empeñados en orar por los gobernantes de la Patria mientras les exigían libertad religiosa convertida en ley.

Inicio del proceso

Durante casi ocho años tomé notas de lo que me contaron docenas de personas, de distintas edades, ideologías y formaciones; y con lo anotado fui encajando las piezas de un rompecabezas complejo, muy complejo -reconoce el autor-. Si queríamos transmitir sensación de verosimilitud, hacía falta atenerse estrictamente al desarrollo de los hechos históricos, dentro de los que se encuadraban las historias personales de los relatores y de los seres que los acompañaran en sus recorridos vitales. Por tanto adopté la solución de seguir el calendario, mes a mes, a partir de la juventud del autobiógrafo de la ficción, que se estrena con una fecha emblemática: el 14 de abril de 1931.

Esta necesidad de poner los hechos en el momento apropiado representó la mayor dificultad del proceso de redacción pues, como es bien conocido, las personas ancianas pueden recordar escenas luminosamente pero no recuerdan bien los momentos; y su memoria se confunde tanto más cuanto más próximo es el acontecimiento relatado.

Más aún, puestas a relatar, personas viejas y jóvenes, todas tienen tendencia a saltar en el tiempo de unos hechos a otros por sugerencia y asociación de ideas. Eso complica la labor del escribano que quisiera oír las declaraciones en secuencia.

El resultado fueron los apuntes, los cientos de páginas manuscritas fechadas entre julio de 1999 y abril de 2007. Según se avanza en ellas, se descubre el aumento de pericia del escribano, quien, con el paso de los años y de los interrogatorios, consigue que los informantes se vayan ciñendo a la secuencia histórica de los hechos.

Con todo, en esas páginas los párrafos aparecen enmarcados en rojo con indicaciones de “Niñez”, “Guerra”, “Posguerra”…, “I” (primera novela), “II” (segunda), “III”… Los párrafos pertenecientes a las distintas partes pueden ser contiguos, correspondientes a los saltos temporales del informante.

Esos párrafos manuscritos pasarían después por el procesador de textos, dando lugar unas veces al desarrollo de la prosa propia del narrador y otras a la simple transcripción que da fuerza de verdad a los relatos en vivo.

Componiendo el rompecabezas

eduardo-cartea-gonzalez-2.JPGUna tentación natural del narrador es la de empalmar párrafos de manera que la prosa fluya y resulte bien trovada aunque no sea veraz -acepta Xavier-. Pero eso, en el caso de la Evanxélica memoria, suponía salirse de la convención adoptada. Eso nos llevó a tres labores en paralelo, la de preparar cuestionarios para que los informantes se centrasen, afinasen y acertasen; la de conseguir documentación, parte de ella en posesión de los informantes; y la de consultar a los especialistas.

Los cuestionarios ayudaron a colocar los hechos en los momentos en que habían sucedido, y dieron lugar, de paso, a que las memorias se excitasen y a continuación se abriesen nuevos aspectos de una historia nunca contada y que cuesta creer. La documentación a considerar fueron libros de historia general de España, militar, evangélica…, las Escrituras, revistas religiosas, de actualidad, de agricultura…, curiosidades como los discursos del doctorado honoris causa de Franco… Los especialistas ayudaron a fijar batallas y asaltos guerrilleros, procesos de represión y libertad religiosa, tensiones dentro del régimen franquista, los avances del escarabajo y los plaguicidas…

Esquemas. Calendario. Documentación. Contejo. Redacción. Revisiones. Correcciones. Nueva redacción. Nueva revisión. Nueva corrección… Las tres novelas se fueron ajustando a lo programado, a veces con reajustes temporales que obligaron a redactar de nuevo capítulos enteros.

No fue a imprenta ninguna de ellas sin antes haber pasado por varios peines finos, de quien puede enjuiciar lo que se cuenta porque lo vivió, de quien sabe de Historia moderna, de quien conoce el Evangelio y los avatares evangélicos, y de quien siguió en detalle las trazas del franquismo. No se imprimió ningún texto antes de la cuarta redacción total.

Nunca acabaré de agradecer a los revisores la labor que realizaron en la construcción de las trilogía -concluye el autor.

El resultado

En opinión del “escribano que se ocupó de la redacción añadiendo poco esfuerzo de imaginación”, Evanxélica memoria es un repaso por tiempos de azar y barbarie en la España de dos generaciones: la de sus padres y la suya. Con un punto de vista extraño, desconocido hasta ahora: el de un converso a la creencia evangélica; y, más aún, un tipo peculiar: lusófilo fronterizo, galleguista, socialista anticomunista y republicano agradecido a los vientos de libertad de conciencia que trajo la República.

Lo acontecido es contado por la voz de alguien “que no puede ser el escribano porque lo separan del narrador el tiempo y circunstancias vitales”; pero a quien el escribano admira, y de quien agradece lecciones de vida.

Admiración y agradecimiento son los antídotos para una tentación de escritor, la de retratarse en la historia. El profesor Xosé Ramón Pena dejó claro en la presentación de Entre fronteras (versión en castellana de la primera novela de la trilogía) que en el texto se había evitado el “ejercicio de ventriloquia”.pilar-rodriguez-de-rodriguez.JPG

La historia relatada en las tres novelas es muy semejante a la de don Manuel Molares Porto -desvela Alcalá-. Manuel Valeriano Liñares Couto, el autobiografiado, casi es él; pero no es él de todo porque estuvimos haciendo novela durante años y, para conseguir la economía del papel, eso que deja los libros en su justo peso, hubo que cortar muchísimo de lo vivido por el anciano evangélico; y añadir algo para que el retrato del “pueblo adquirido” resultase más completo alrededor del personaje que relata en primera persona.

Se unieron a la experiencia vital de Molares vivencias del personaje Liñares procedentes de otras voces que ya no pueden sonar o que no quisieron ser identificadas. Por simplificar mientras se ejemplificaba, se hizo andar a Liñares con personajes que Molares no conoció, como el abuelo paterno vinatero o una hija especialista en Ciencias Químicas (figuras que, por otro lado, no serían incongruentes con la trayectoria vital de don Manuel).

Hablando de economizar -advierte Xavier-, sería imposible hacer retrato de todas las personas que influyeron en esa trayectoria, y de sus compañeros de disidencia religiosa y política. Por eso, y ellos así lo entendieron, dejamos reducidos a pocos, por ejemplo, a los curas fornicadores y “comedores de rojos“, a los falangistas cobardes en el frente y paseadores en la retaguardia, a los indoctrinadores del PC en la guerrilla, a los guardias civiles con alma de charol, a las damas enriquecidas con las corruptelas del franquismo, a las beatas dispuestas a manchar la conducta de las mujeres evangélicas… Juntamos caracteres y construimos estereotipos. Porque estábamos novelando.

Informantes y ayudantes

sra-de-eddo-cartea-glz-2.JPGYa se habló de miedos y recelos, y de necesidad de hacer justicia: la de dar voz a los ocultos en vida, a los muertos respetados en su condición y hasta a los muertos cuyos huesos no fueron respetados por ser de herejes.

La lista de los informantes hasta llegar a las mil trescientas páginas de la Evanxélica memoria siempre quedaría incompleta, pues muchos fueron espontáneos y apenas quedó de ellos una expresión de necesidad de hablar, una frase importante apuntada. Y es intención del autor tener en cuenta a todos cuantos soportaron las preguntas que les hizo, a veces impertinentes. Pero no todos los informantes quieren aparecer reconocidos.

He ahí pues una lista de urgencia, que siempre se podrá completar en el medio electrónico al que va dirigida:

Declararon don Manuel Molares y sus hijos mayores, Manuel y Eugenio; y la mujer de Manuel hijo, Lenny.

Hablaron los compañeros de los frentes de batalla de don Manuel, alguno ya ido de este mundo.

Habló mucho un viejo socialista.

Contaron sus dificultades señoras creyentes de Cabanas, Soaserra y Ares.

Mingolo y otros creyentes de Ares dieron sus versiones de lo acontecido.

El doctor Manuel Garrido fue y vino con su memoria evangélica entre A Coruña y Ares.

O pastor Timoteo Figueirido Woodford recordó a su abuelo famoso, el pastor inglés que le dejó segundo apellido, y ofreció riquísima información gráfica de los misioneros.

El pastor Samuel Pérez Millos también contó historias familiares, de vendedores de Biblias, y su propia historia; e indicó el camino hacia el exilio religioso en la Argentina, del que nunca se había hablado.

Joy (Luisita) Ginnings, hija del pastor de Ares y allí nacida, supo revivir el mundo de la misión evangélica.

En Buenos Aires, el escribano fue recibido con los brazos abiertos por Ochoa y Souto, y por los Cartea, los Pérez, los Rodríguez…, creadores de iglesias “de gallegos”, huidos de la represión.

El historiador evangélico Gabino Fernández Campos unió en Madrid testimonio y pasión a los del profesor Máximo García Ruiz para explicar tiempos de falsa luz.

También en Madrid, una personalidad responsable de grandes hechos de la España contemporánea dio su visión de protagonista en la lucha interna del franquismo frente a la libertad religiosa; pero fue tajante con el investigador: “Señor Alcalá, no ponga en mi boca lo que va a escribir”…

En cuanto a los que ayudaron en la redacción, es necesario mencionar de nuevo a don Manuel, que corrigió muchos detalles, y perdonó que no se introdujera lo que el añadía a mano en las copias de las sucesivas versiones;

y a Juan Ramón Allegue, que indicó como podar texto en busca de sustancia y prosa sin costuras; que orientó sistemáticamente en la cronología de los sucesos, y que se responsabilizó de la versión final en castellano de las novelas.

Como lectores de pruebas con opinión, siempre recogida, se deben señalar a Marcelino Fernández Mallo y a Xoán Pérez Lema.

Corrector preciso, como técnico indiscutible en la materia, actuó en los sucesivos originales el profesor Bernardo Máiz Vázquez.

Revisor en materia evangélica, maestro en los matices, fue el pastor Figueirido Woodford.

Sería injusto no mencionar al equipo de profesionales de Galaxia, que entraron en las menudeces de grafía y estilo.

Otro tanto se debe hacer con los de Ézaro en relación a la versión castellana de la obra.